Colombia merece un país en el que quepa toda la gente

Al finalizar el almuerzo familiar, en ese pacífico limbo que construye la digestión tras las amorosas viandas preparadas por mi hermana, ocurrió el quiebre. Mi sobrino, a quien todavía me cuesta desprender de la imagen infantil que tanto transformó mi vida, pero que hoy es un hombre joven, talentoso, emprendedor y, sobre todo, honesto, me manifestó que en la primera vuelta votará por Sergio Fajardo.


Me sorprendió. Él, como muchos jóvenes, y como yo mismo a su edad, manifiesta una clara inclinación por el progresismo; o mejor dicho, por un gobierno incluyente, empático y compasivo que se desprenda del pasado y abra espacios al futuro. Tengo claro que figuras como Iván Cepeda representan un espacio que antes no tenían los jóvenes ni los desposeídos del país. Es evidente que la mayoría de los gobiernos históricos no han querido o logrado imponer las transformaciones necesarias para los sectores excluidos.


Sin embargo, además de la codicia y la exclusión, existen otras enfermedades que aquejan el alma de la Colombia: la corrupción, el machismo, el racismo, la violencia intrafamiliar y esa fea costumbre de intentar desaparecer al otro. A veces físicamente; la mayoría de las veces, borrándolo del discurso, del lenguaje y de la vida.


El gobierno de Gustavo Petro, a pesar de logros indiscutibles como la entrega de tierras, el incremento del salario mínimo, la reforma pensional y la transformación de la matriz energética hacia la generación solar, no ha logrado desprenderse de las formas más rancias del poder. Ha decepcionado a una buena parte de la población que no cree que el fin justifique los medios. Esta coyuntura ha exacerbado los ánimos y ha radicalizado los debates. Esa fanatización es, en buena parte, responsabilidad del propio Petro. Con tristeza, hemos sido testigos de cómo el poder hace que las dos puntas de la cuerda se encuentren. Se parecen mucho.


Hace unos treinta años, varios líderes de sectores sociales entendimos que los políticos que habían conducido a la nación al infierno de los noventas debían ser relevados. Sabíamos que debíamos romper con las prácticas clientelistas, la corrupción y el dogmatismo. Emprendimos nuevos caminos. Participamos en campañas al Concejo de Medellín; perdimos, pero continuamos. Después encontramos un punto de convergencia liderado por Sergio Fajardo. Logramos vencer a los partidos tradicionales que habían sido incapaces de tramitar el enorme reto de la violencia del narcotráfico. Se implementó entonces un modelo local muy exitoso. Me asombra que hoy, esos líderes comprometidos, que a mis ojos seguimos siendo jóvenes vigorosos, seamos vistos por algunos sectores como cosas del pasado.

Me resisto a creer que el futuro deba ser liderado por personajes como Donald Trump, Javier Milei, Nayib Bukele o Abelardo de la Espriella, quienes parecen creer que el poder radica en la testosterona, en la capacidad de someter al prójimo e imponer visiones machistas, xenófobas, homofóbicas y excluyentes. El mundo que ellos sueñan es solo para ellos: allí no caben los afrodescendientes, la comunidad LGBTIQ+, los pobres ni los migrantes. En ese modelo se añora un pasado donde las mujeres no voten, las parejas del mismo sexo no críen y las oportunidades sean solo para los más fuertes.

Esos liderazgos autoritarios logran convencer a muchos de que sus peores acciones, como participar de los abusos al estilo de Jeffrey Epstein o ser amigos personales de terribles testaferros como Alex Saab, no importan, bajo la promesa de que compartirán con ellos las migajas de los recursos. Olvidan que tal como se hace campaña, se gobierna. Por esas mismas razones, en la otra orilla, los defensores de Petro le perdonan y le excusan todo a Armando Benedetti, Carlos Ramón González, Olmedo López, Sneyder Pinilla, Sandra Ortiz, Ricardo Roa, Laura Sarabia, Daniel Quintero o Juliana Guerrero. Es una contradicción absoluta: las mismas personas que hoy justifican a estos cuestionados funcionarios son las mismas que, con justa razón, cuestionaron los falsos positivos, la reforma tributaria de Iván Duque y la forma criminal en la que se reprimió la protesta social.


Me resisto a creer que la rabia deba ser el motor para construir el mañana. La esperanza, la solidaridad, la empatía y la compasión no pasan de moda, no deben pasar de moda. Yo votaré por Sergio Fajardo en primera vuelta. Colombia merece un país en el que quepa toda la gente, donde podamos remar en la misma dirección aprovechando nuestra maravillosa y poderosa diversidad.