Nelson Enrique Restrepo Ramírez

TRAER LA LATA

En la vereda Llanadas Abajo del Municipio de Sonsón, se le llamada “La Lata” a la comida. Cuando un jornalero cuadraba la semana de trabajo siguiente con mi padre, generalmente el sábado después del pago, se le aclaraba si la semana que venía incluía o no la lata. Si era con lata, el valor se descontaba del jornal; si era sin lata, se le pagaba el jornal completo. Aunque nunca fue claro para mí si la lata incluía o no la dormida, era claro que en la mayoría de las veces sí.

 

Cuando había varios trabajadores con lata, a mi mamá le tocaba hacerles de comer. Durante la sembrada de frijol o cuando se cogía, con 15 trabajadores, hasta 10 de ellos estaban con lata. Era rico cuando había tantos peones con lata y se quedaban a dormir; en el tiempo que va entre la comida y antes de acostarnos, en la finca había más actividad que de costumbre: jugábamos fútbol en el patio, cantábamos música que para esa época ya era vieja.

 

Para los hombres adultos era muy importante la lata. “Un hombre de verdad es el que lleva la lata a la casa”, “un flojo el que no es capaz de llevar siquiera la lata”; ellos se oponían a que las mujeres trabajaran, porque se ponía en cuestión la capacidad del hombre de llevar la lata; en la lata se jugaban muchos honores. Cuando uno de ellos se gastaba el jornal en una borrachera, acudía a mi papá para que le prestara al menos para la lata, era mal visto que un esposo se gastara la plata de la lata.

 

Salir al pueblo a mercar era ir a llevar lata (frijol, papa, maíz para vender) y por la lata (el mercado) que normalmente se hacía los sábados. En casa había dos yeguas: Paloma, la más vieja y mansita, era mamá de La Potranca que nunca cambió de nombre a pesar de hacerse adulta. Paloma ya había trabajado mucho en la finca y estaba destinada a cargar la lata, porque era más liviana que una carga común. Mi tarea el viernes por la tarde, era ir por Paloma y La Potranca al potrero del río y traerlas al corral para que estuvieran cerca a la casa. A las tres y media de la mañana del sábado, iluminados con velas que yo debía sostener para alumbrar, mi papá cargaba las yeguas para llevar un viaje a la Fonda; antes de la cinco y media estaba de regreso para llevar otro viaje y la boleta del mercado, es decir la lista de la lata que mi mamá organizaba; casi siempre empezaba en el mismo orden: 10 libras de arroz, ocho atados de panela, seis kilos de maíz. Mamá incluía en la boleta del mercado dulces para nosotros y parva, un lujo de lata en ese entonces.

 

Después de almorzar, mamá nos ponía en la tarea de bañarnos y alistar a Paloma. No me montaba en la enjalma, sino justo detrás, sobre el retranco. Como Paloma se sabía el camino, bastaba con montarme y talonearla para que iniciara la marcha; si todas las puertas del camino estaban abiertas Paloma me llevaba hasta La Fonda sin detenerse. En mi memoria están los paisajes de los sábados en la tarde vistos desde un lomo, los horizontes anaranjados y las tardes de lluvia con la yegua lidiando lodos que le llegaban hasta las ubres. En mí están las lluvias estrellándose contra el plástico que cubría mi cabeza, el humito que destilaba el pelaje de Paloma y el olor a yegua mojada.

 

Hasta La Fonda llegaba la escalera (camión) con la gente que venía del pueblo. Si papá no venía en la escalera, los vecinos me ayudaban a cargar a Paloma con el mercado; hacían dos bulticos y los cargaban en forma equilibrada sobre la enjalma. Generalmente la carne y la parva venían en una bolsa aparte del resto del mercado; yo las tomaba para llevarlas en el morral.

 

Era muy rico llegar a casa con la lata. Mamá descargaba a Paloma y luego nos poníamos en una de las actividades más sublimes que reconozco incluso ahora: desempacar el mercado. Mientras los niños buscábamos los dulces, mamá se apresuraba a arreglar la carne; esta actividad, también sublime porque al final mamá fritaba carne fresca, consistía en tasajearla en hilos más o menos uniformes para colgarlas sobre el fogón. La carne alcanzaba, casi siempre, hasta el martes, a veces hasta el miércoles después tocaba con huevos o enlatados, sobre todo en cuaresma, que siempre eran de sardina.

 

En los 28 días que llevo en cuarentena por la emergencia sanitaria para contener el Covid19, he tenido muy presente la tarea de traer la lata. En todos mis días urbanos me he esforzado por contribuir con la lata del hogar donde vivo; en muchos casos he ido a mercar con la lista que me ayudan a hacer porque hay muchas cosas que nunca he sabido calcular (tipo y cantidad de jabones según la ropa, por ejemplo), pero lo cierto es que en los últimos años he mercado de a poquitos. Esta obligación de proveerse, la necesidad de cocinar en casa, la restricción en días para ir a mercar, ha traído hasta mí los recuerdos de traer la lata para una semana. Cuando camino al supermercado recuerdo a Paloma, tengo muy presente a las personas que por estos días no pueden llevar ni la lata a la casa, la vergüenza como presión sobre los hombres, la frustración de una madre cabeza de familia con sólo arroz para el almuerzo, la felicidad que sería para ellos abrir un mercado que contenga dulces y carne fresca, la alegría auténtica y la realización que produce poder traer la lata.

 

Compartir: