Tiempos borrascosos

Son tiempos borrascosos, canta Rolando Alarcón en una arenga de la Guerra Civil Española. Hoy en Colombia las calles arden y el fuego abrasa lo que se atraviesa a su paso. Son humo en el aire ilusiones, sueños, lugares, recuerdos, cuerpos. Una constante repetición de la Historia, Colombia en espiral: la colonización y sus formas veladas, la esclavitud, el racismo, el desprecio y la superioridad de algunos, las guerras civiles del siglo XIX, la Guerra de los Mil Días, los asesinatos fratricidas de la época de la Violencia, el bipartidismo inacabable, la guerra de guerrillas, la violencia sistemática del paramilitarismo, el asesinato de lideresas y líderes sociales.

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¿Por qué no cesan los desmanes, las protestas, el descontento, de un lado, y la brutalidad, la violencia desmedida y desigual, la censura, del otro lado, a pesar del trágico y absurdo sino de nuestro relato nacional? ¿Por qué seguimos repitiendo en lugar de recordar? ¿Son blasfemias de algunos o negligencias de otros simplemente? ¿Quién tiene la razón? En todo caso nuestra sangre, como la de José Arcadio Buendía en Macondo, recorre en un hilo todo el poblado, hasta llegar a la casa de nuestras acongojadas familias.

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Peleas insaciables. De un lado, esto; de otro lado, aquello. Todos creemos tener la razón, escondidos tras nuestros empañados lentes –a causa del virus– para curar la miopía. Familias, vecindades, generaciones y coterráneos enteros en contradicción. En una palabra, el pueblo enfrentado. Por una parte, se forman mítines y conglomeraciones por las nefastas condiciones de las leyes y las reformas, por la compleja situación de estudiantes, profesores, trabajadores de la salud, artistas, campesinos, indígenas, afrocolombianos, vendedores ambulantes, pequeños empresarios, consumidores, desempleados; en general por las absurdas imposiciones del régimen sociopolítico y económico de nuestra gran parroquia, dominada por unas cuantas castas políticas. Del otro lado, por el contrario, muchos se sienten indignados por los saqueos, la violencia, la destrucción de bancos, locales comerciales o empresas. Prefieren darle prelación a sus señalamientos por encima de lo que ocurre en las calles, a lo que ha venido ocurriendo en los campos de nuestro país hace incontables lustros.

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¿Qué solución hay en señalar que este es el culpable o aquel? ¿Qué hemos ganado todo este tiempo con esa lógica kafkiana, donde nada se resuelve y las leyes y los legisladores siguen siendo entidades abstractas a las que no podemos tener acceso? Colombia es el perfecto ejemplo del recordado “divide y reinarás”. Pero ¿qué tal si dejamos de echarnos la culpa unos a otros? En ningún momento en la disputa se despelucan los señores feudales, los terratenientes, los gobernantes, los dueños de los medios de producción, los que sostienen los estados de dominación o como quieran llamarlos.

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Hemos fabricado al enemigo, como sentencia Umberto Eco, para definir nuestra identidad, pero “también para procurarnos un obstáculo con respecto al cual medir nuestro sistema de valores y mostrar al encararlo, nuestro valor”. Pero hemos fabricado al enemigo de forma precipitada. Al estudiante tanto como a doña Gladys la camandulera, al manifestante tanto como a la tía Gloria o al policía, le fían los huevos en la tienda de don Javier, así en apariencia unos u otros luchen por diferencias de base.

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Dejémonos de moralismos, de ver al mundo de forma maniquea. Nadie tiene superioridad moral por sobre nadie. Las humanidades del siglo XX nos han enseñado que han terminado las épocas de los grandes relatos y las verdades indubitables. No hay nunca una sola versión de la Historia. Dejemos de ser pacatos y obsoletos, por vidrios quebrados o paredes rayadas. No nos engañemos, la reforma tributaria no es sino el florero de Llorente, la gota que rebasó la copa o la leche derramada, tal como el alza de los precios del transporte lo fue en Chile en el 2019.  La situación es mucho más compleja, si se observa en perspectiva y con conciencia histórica. No es un descontento nada nuevo, a pesar de que estemos en un momento sanitario límite. No nos engañemos con blasfemias o eufemismos. Ni el covid ni la represión pueden seguir tapando las atrocidades que ocurren día a día en nuestro país. Tal como se vocifera en las marchas: si salimos a las calles en medio de una pandemia es porque nuestro gobierno es peor. La reforma tributaria, insisto, no es sino la punta del iceberg.

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El enemigo no es este o aquel. Es la organización, el manejo de nuestros recursos, la desigualdad abismal, el despotismo de nuestros gobernantes, sus leyes, sus ansias desmedidas de llenarse los bolsillos, su uso desmedido de la fuerza, en sí, su régimen de dominación tras el velo de una democracia. ¿Cuántos ojos perdidos, cuántos sesos y entrañas esparcidos por la calle bastan para detenernos, para ver la realidad y dejar de culpar al vecino? ¿Cuántos muertos o jóvenes heridos son necesarios para que los agentes de la fuerza pública reaccionen y otros dejen de legitimar su accionar? Es inaudito que la policía y el ESMAD violenten ciudadanos, cuando deberían proteger nuestros derechos, y que encima algunos se indignen por “los actos vandálicos”, insignificantes con respecto a los niveles de violencia, pobreza, abandono y desigualdad sistemáticos, en los que vivimos diariamente.

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El paro debe continuar, pero es menester pensar mejor qué o quiénes son nuestros enemigos -si el vecino, el otro de la clase trabajadora que no piensa como yo o lo son nuestras formas, nuestras estructuras de organización social, política y económica, quienes detentan el poder. Como profesores, estudiantes, artistas, trabajadores, pueblos originarios, vendedores ambulantes y, en fin, como personas de a pie, henchidas de sueños, de esperanzas, de anhelos, estamos llamados a parar, a detenernos, a  seguir protestando, pero pensando mejor nuestras luchas, organizándonos entre todos para que no nos violenten a unos pocos, generando espacios de difusión, de discusión y comunicación continuos en las universidades, las fábricas, los teatros, los hospitales, las cárceles, las escuelas, en la calle. No olvidemos las enseñanzas de Gandhi y la formas por las cuales sacó de India a los colonos ingleses.

La indiferencia, la quietud y el marasmo, no lo olvidemos, son también posiciones políticas.

A parar para avanzar, ¡Viva el Paro Nacional!

 

Por: Candido Romero. Federico Ayazo Uribe. Profesional en estudios literarios, poeta y Dramaturgo.

 

 

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