La vida no vale nada, la democracia menos

Tengo 60 años. Cuando tenía 10 se creó en una noche, una nueva realidad política en nuestro país. Se presume un robo de elecciones, el surgimiento de un audaz grupo guerrillero, y se dio origen a un mito que sobrevivió hasta hoy: El Presidente Carlos Lleras ordenó un toque de queda para aplicarse a partir de una hora después, ¡A las ocho de la noche todos debían estar en casa!

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Este sábado 1º. de mayo se rompe el mito,  el gobierno “liberal” de Aníbal Gaviria, por la interpuesta persona de un gobernador encargado y con el silencio cómplice de un Alcalde “progresista”, según se autodenomina, dan la misma orden para las 12 del día. Ni los ingentes e inútiles llamados de la comunidad médica científica lo habían logrado para proteger la vida en plena pandemia. Pero cuando se trata de ocultar la incapacidad estatal para garantizar la “seguridad ciudadana” y “la afectación a bienes”, la medida suena natural.

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La lógica, esa extraña y escasa, que Estanislao Zuleta define, estudiando a Platón, como aquello que surge “cuando nos preguntamos cómo estábamos pensando, qué valor tenían nuestras premisas, con qué categorías habíamos logrado deducir tales causas, tales efectos necesarios; entonces, volvemos sobre las seguridades que teníamos, llenos de sospechas, y eso es cuando irrumpe la lógica, no ciertamente por el ocio, sino por la crisis”. La lógica se rompe: ante la imposibilidad ( o complicidad ¿?) de cumplir con su obligación y perseguir el vandalismo, se encierra a los ciudadanos. Ya otro gobernante había propuesto algo similar con el delito de robo de celulares en Bogotá y le cayeron rayos y centellas desde el establecimiento.

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Muchos “Coellos”, criollos y extranjeros, vaticinaron al empezar la pandemia la “verdad irrefutable” de que saldríamos pronto y renovados, “reinventados” decían, de la pandemia. Hoy queda claramente demostrado que lo único renovado y fortalecido es el espíritu opresivo, represivo, fascista del poder consolidado.

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Ya ni siquiera se acude a la fórmula fácil denunciada por Descartes de asimilar lo cierto a lo verosímil, mintiendo descaradamente como lo han hecho siempre; ahora lo dicen claro: reprimimos, coartamos derechos, encerramos porque nos da la gana. Ni siquiera la disculpa del carácter altamente contagioso del Covid, tan fácil de usar, es necesaria.

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Hoy con un acto simple, con un decreto, quedamos notificados: parodiando a Pablo Milanes “la vida no vale nada”, la democracia menos y los derechos quedan en la categoría histórica, “De que me hablas, viejo”.

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